82 x 116 cm
Y olvidar que fuimos los primeros en llegar…. Los ídolos de barro lloraban bajo la lluvia, perdidos en la niebla que cubría el monte. La subsistencia nos pasaba por encima, sigilosa, apremiante. Es tarde para abandonar la celda, repetía La Viuda mientras leía, detrás de la ventana. Lo dimos todo, sin abstraernos, sin razonar, recorriendo un camino incógnito que iba a lo sagrado; convocados ante el fuego.
En la aldea, todos decían poner la primera piedra cuando en realidad ya la habían lanzado llegada la ocasión. La crueldad y la soberbia mancillaban las manos con las que preparaban comida para sus hijos, henchidos de altanería y distinción. Encendían una vela cada día para pedir perdón, el pecado desaparecía, escapaba de sus recuerdos, se desarmaba avergonzado recorriendo los pasillos que daban al salón. Y en el cementerio, otro puñado de tierra con el que sepultar féretros de parientes y seres queridos.
Juraban, engreídos, haber dejado huellas que el tiempo no había borrado, rastros de probidad y derechura, compasión, integridad, deferencia, cultura; valientes, sin filtro. En lugar de despedirse con un adiós, se decían te quiero y se besaban en los labios. Cada luna llena, uno de ellos moría lapidado de manos de amigos y allegados, sólo los que se sabían seres excepcionales, resistían el paso de los años; herederos o ladrones, idiotas y directores, intolerantes, narcisos, despiadados. La Viuda recogía, tomaba prestado, momentos en los que la perversión de los aldeanos nacía como un rayo que divide los cielos; el mal, solidario, aguardaba en la noche para volver y sentarse a su lado.