81 x 100 cm
La duda me persigue como un perro guardián que me defiende de cualquier ataque inminente de cordura. La inseguridad me susurra en los ojos mientras pinto; pestañeo como en un acto de fe, cegado por destellos menguantes y esplendores de impostura, soñando con volver a creer. La zona real es demasiado sensible, casual y, como un ángulo recto o un punto, es sistemática y concreta hasta la ironía; despierta ansiosa y se acuesta preñada de episodios de soledad y locura como un adolescente repudiado por sus creadores, extinguiéndose entre las sombras de fe y hermosura.
La sociedad me acosa y me perdona como un sacerdote excitado con hipótesis que, otra vez, toman en consideración a la esperanza en escenarios del mañana; yo abandono y, como un delfín varado que trata de sentir la llegada de la marea en un silencio verde azulado y metálico que es rechazo, oposición, acepto mi destino sin rechistar porque la marea subirá; de eso estoy seguro. No me importa que me vean llorar, pero prefiero evitarlo. La tristeza siempre asoma entre sonrisas, en la forma de andar, en el corte de pelo y en las curvas de las uñas y la piel que las rodea, cuando esperamos a ser atendidos en un lugar desconocido. Lo trágico pende de un hilo críptico como la distancia de corazón que crece y se propaga sin apenas manifestar presencia, acogiéndose al derecho a no declarar, jurando individualidad y éxito con ese sálvese quien pueda en plena efervescencia que deja demasiadas huellas. La justificación de los medios se pone en nuestro camino y nos mira de frente fortaleciendo la idea de que todo es provisional. Y ya…
Ejecución, maniobras, procesos, la conducta es parte de una sincronía que va más allá de lo sagrado. Es la frivolidad que, sistematizada, juega rechazando la repercusión de nuestros átomos adversos en movimiento. Amar, y ya te digo que nunca es tarde, amar, amar es otra cosa.