Te veo emerger entre el fuego; todavía

55 x 46 cm

Pintura con dedos

Óleo sobre lienzo, pasta de modelar

Con diecinueve años me fui a estudiar allende los mares, a un país extraño cargando con pinceles y color, dispuesto a autografiar la historia, esa que, como una sombra, se negaba a tomar el control. Siempre quise pintar y escribir a partes iguales, explorar mi escenarios, plasmarlos para, de algún modo, asegurar que la realidad que creía percibir no fuera fruto de la imaginación o una idea inalcanzable.

En mi ser y estar de reticencia crónica y perseverante, entre decisiones y espejismos enaltecidos por la maleza de la rebeldía, sin saber por qué, amaba desesperadamente. Mientras la ironía y la cordura peleaban con el vicio innato de conseguir entendimiento, la razón era un hada que vivía en mi cabeza. En sumario, fui un planeta sin satélites que vagaba la inmensidad de la existencia sin miedo a aceptar que todo lo que empieza, acaba. Las condiciones que se me iban dando, el entorno y sus circunstancias, mi supuesta certeza, se erigían a mi alrededor no faltos de desconcierto. La periferia de mi expresión se propagaba permitiendo el desarrollo de un escenario que, me decía sin cansarme, era probablemente imaginario; es algo que no he conseguido concretar con el paso del tiempo.

En mi mundo entonces hablaban un idioma que no entendía, no conocía a nadie en aquella isla, estaba felizmente perdido al tejerlo, con mi estandarte y mis auriculares, entre canción y canción. Me di de bruces con el racismo, una de las enfermedades del corazón que lo vuelve fluido negro y que recorre el cuerpo hasta corroerlo por completo y sumirlo en lo más profundo del abismo sin hacer jamás las paces; un campo de minas. Sin embargo, era un estudiante más en la Universidad de Arte, aquello, real o no, me decía que había llegado, por primera vez, a un lugar que sería común. Una noche, en mi habitación, tuve mi primer encuentro con ella, surgió de la oscuridad desprendiendo flamas, levantó las cortinas y se metió en el espejo. Salí de la cama rápidamente, me coloqué justo delante y entonces me vi. Desde entonces, ahí está ella, atenta de mí.