Obertura remota de un concierto de silencio; adiós pequeño idiota

90 x 120 cm

Pintura con dedos

Acrílico sobre lienzo ancho y pesado, papel, spray, pasta de modelar

Hubo un momento en que pudimos, sin embargo, el preámbulo interminable y la excusa que nos hacía ser parte de esa humanidad honrada nos pasó factura; otro largo río se perdió en el mar. Y lo lamento, porque ser infeliz es la mejor coartada para escapar de la penumbra y caer rendido ante ese loco resplandor, y desear volver a amar huyendo de la nada amable y oscura. Lo que tú y yo queríamos ser no era viento que no sopla, ni un rayo que no retumba, tampoco unas botas que no saben bailar. La raíz, el origen, sólo derramó sus primeras notas el último día que nos vimos; la obertura no conoció el rocío de nuestro amanecer.

Sácame de aquí, no me dejes solo, decía aquella canción enamorada que sonaba una y otra vez con los incipientes rayos de sol, cuando el destino daba los primeros pasos alejándome de ti. Fue entonces cuando, mirando los árboles mecer sus ramas en el silencio roto que acaricia la falda de la montaña gris que azula en la alborada de tus ojos, en el arrosque de la hierba y el recodo de la esperanza, con los dedos temblorosos y el corazón en un puño, la respiración entrecortada, la mirada fija, abrí la jaula. Lo nuestro se batía de incertidumbre con el bamboleo del último hilo de aguardo que todavía vibraba como parte de un rito de la costumbre al que quería asirse de algún modo. Voló, perdiéndose en el bosque, en el mausoleo de la espesura.