70 x 90 cm

Pintura con dedos

Acrílico sobre lienzo, spray, papel

Hace ya dos años y no pienso volver. Aquí las ceremonias de soledad son tan agudas que resultan indescriptibles, soy parte de ellas como un sonido que se mezcla con otro, como la lluvia interviene en el mar al caer. Reconforta que ya no haya vuelta atrás porque lo que es imposible, no puede ser y a eso te acostumbras; el pasado ya es parte de un sueño, los recuerdos y la nostalgia se desconfiguran y acaban por desaparecer.

La grandiosidad de las perspectivas, al principio, me abrumaban, los matices y apariencias eran una reinvención de todo lo que un día fue probable. La lógica, reestablecida, se ha vuelto desinteresada y mimosa, una distracción que abastece el instinto que bebe de la intuición y se ocupa de trazar el camino. Mis ojos no daban a crédito ante la superficie rocosa y las enormes cordilleras escarpadas, texturas, relieves bajo el espacio exterior, el efecto de la sublimación de la nieve, tocar hielo seco. Para un artista como yo, ver desde las ventanas Fobos y Deimos, el Monte Olimpo es el no va más; aquí la inspiración es un laberinto de la mente del que no puedes salir, sólo queda el silencio y el eco de tu respiración.

Nada de sentimientos concretos que puedas comprender, la indeterminación es abstracta con visos de irrealidad, de alucinación. La sacudida de la lejanía y el desamparo son desproporcionadas, no estás preparado para algo así, pero, una vez te acostumbras… En Marte soy yo, absolutamente.