Fénix (raíces)

65 x 80 cm

Pintura con dedos

Acrílico sobre lienzo, spray, papel

Se levanta la veda y el silencio que permanece, nota muda sostenida que hace ensanchar la distancia que existe entre nosotros, es un porqué que rechaza ser cuestionado y se afirma en el adiós que va más allá de una simple despedida. No queda espacio para la cortesía o el homenaje, la ceremonia no tiene lugar y los recuerdos asidos a la ausencia carecen de sentido y lugar ahora que el recorrido ha cruzado el inmortal y acedo sabor de la decepción que deja tu plaza vacante en nuestra hermandad de papel. Tú y yo, ya no seremos tú y yo sino ayer, antaño, antes.

Las sombras superpuestas ya no se reconocen, el corcel no te espera en la puerta; de hecho, nadie la toca. Cuando salgas al frío inevitable, verás el silencio que permanece aliado al paisaje con brillos de metal, un paño seco de lágrimas errantes y viento, un viento insoportable.

Las raíces han cerrado la boca y, en nuestra iglesia de cristal de Murano, memento y apostasía. Ahora que este lobo abandonó la manada, sólo quedará contar los años y dejar que el eco se pierda en el silencio que permanece, y que confirma que nada es lo que parece; hermano.

El tiempo lo cura todo, te dirá esa gente que vive criando malvas. Y, como si la sangre derramada en vano siguiera viva en un diario que canta con tristeza, me rehago en rojo incandescente con la amenaza dormida sobre el mapa de un puente con síndrome de Estocolmo, rezando porque no vuelvas.