Entre las sombras

65 x 82 cm

Pintura con dedos

Acrílico, pasta de modelar, hilo, cuerda, spray

Me gusta mirar a la oscuridad cuando no hay luna, lo hago buscando el lugar exacto, la posición, el punto de fuga, antes de cerrar los ojos y deslizarme lentamente al otro lado, antes de quebrar la existencia ligada a la razón y las costumbres de lo físico que nos acuna antes de dormir. Emerge de su profundidad en combinaciones entrelazadas a las líneas sinuosas que entretejen la realidad, la nuestra, esa que consideramos real y a la que creemos pertenecer por ese temor a la soledad, a lo individual como algo universal y propio, íntimo, original, al mismo tiempo.

Me gusta mirar a la oscuridad tanto como cerrar los ojos al caminar la orilla del mar. Para aquellos que vivimos cada día junto a las aguas que rodean toda tierra firme, sabemos bien que esconde, en su grandiosidad y hermosura, en su poder ilimitado, una fuerza que no conoce el miedo y que permanecerá cuando ya nos hayamos ido. Su voz conquista, invoca, y, por mucho que se presuma de su silencio, un murmullo que surge más allá del mecer de su superficie se hace firme en mar abierto; un rugir, un gemido que aguarda, porque somos un suspiro que desaparecerá de la boca.

Me gusta mirar a la oscuridad cuando cierro el libro y apago la luz. Habla como el mar. Un rumor eléctrico indefinido que en su inmensidad permite la percepción única e irrepetible cada noche. Es la infinitud que nos rodea, de sus tinieblas surge el enlace. Ese ensamble, vínculo de aviso y ligadura, provee intuición, abriga, y deshoja la voz humana que dirige nuestros pasos, obligándonos a seguir el mismo camino de paso escaso y lento, cegar ante los hábitos derrochando palabras en un vivir colectivo que no tiene cura, fiel a la vacuidad de carne y hueso del mundo físico. El motor inmóvil, el pensamiento que es pensamiento del pensamiento.