81 x 116 cm
No sé por qué la belleza, la que duele y transforma, la que marca el camino y bombea corazón, la definen como notable por su hermosura si esta se interpretará, después, como pasajera; del montón. Esa belleza cansa, y no será porque no hemos ardido tras esos temporales. Rasgos y detalles estandarizados, curvas, almíbares de juventud y libídine urgente, con los días pierde; el tiempo la destroza sin piedad.
Mi manual para personas de emociones en continua expansión se desnuda ante el arte de la facultad que ofrece y la prudencia que besa, se entrega a la admiración en la gravedad de sentir con hambre de lobo cuando se pone la luna sobre la mesa y brindar por seguir firmando que, si hay infierno, son los demás. Con dulzura sutil, arriesgada, vertiginosa, de aroma único y don de palabra, con heridas y escuela, noches, silencios y niebla, recorrer los cementerios y leer su esquela.
No me entusiasma la precipitación de la apostura y la gallardía manoseada que exigen ruego y admiración, la volatilidad de los emperadores de la donosura y el renombre es irrefrenable y los miente mejores, no, yo quiero sorber sangre como un vampiro y caminar el infinito, compartir escondite y diario de arroyos, bosques y acantilados, avenidas y plazas, sábanas de estrellas y la escalinata que, peldaño a peldaño, recorre el universo, los anillos de Saturno, Urano, Neptuno y, como amante del invierno, dormir en Plutón. Pregunten a mis amantes aplazados o a quienes hayan caído entre mis manos; aunque lo nieguen, me están esperando; todavía. Este incendio es un poema de Emily Dickinson de rima adversa que, sine die, vaga, apasionado, por mi salón.