80 x 100 cm
El arte sucumbe eternamente, su muerte ha sido pronunciada tantas veces que se retuerce un poco más como la devoción y la verdad en su ocaso, resistiéndose a desaparecer. Los artesanos del amor tangible cedemos nuestra obra, perdón, pagamos por mostrarla al mundo muertos de hambre, colgados de la luna, desnudos por compasión, amantes del desprendimiento fiordo que abraza al artista un segundo más, una y otra vez, ansiosos por volver a sentir un placer atómico, el gemido que une el bien con el mal sin malgastar erotismo y profanidad. El mal de las Editoriales o Galerías, los escenarios ya no muestran genio y riesgo apasionado que añadan belleza a tanta repetición, la atracción sicalíptica del espejo de la posición, la lujuria pornográfica del dinero que perdona la incapacidad y el endiosamiento de los que sustentan el poder pequeño y circunstancial, la obscenidad de parecer el eco de lo hermoso se confunde con la deidad condicional que dura dos recuerdos, ser estandarte de la seducción y derrocharla con la excentricidad ya premeditada y acabar mirando la vida pasar sin saber lo que es ser cortejado con el cáliz que brota del arte y la auténtica pasión.