54 x 65 cm
Fui un chiquillo de temor indiferente, con cicatrices de tentáculo elemental y tajaduras transversales de puñalada trapera y golpes de dolor silencioso. Llegaba roto de casa sin pretensión de reconocimiento invertido en el patio del tropiezo y el resbalón donde puede morir cualquiera. Mi búsqueda del camino era basal, no curiosa, sin resultados. Las dudas existenciales, siempre en fase de explosión, se bautizaban cuestiones que no tenían lugar por miedo a sucumbir a la injusticia de la fragilidad de mis propios sentimientos; de facto prohibidos, inquietudes de morfología ambigua enmascaradas de timidez con deseos de ser tarántula. Un satélite de procesos de desaparición que cambiaba de lugar cada día rotaba tratando de perder su forma.
Y como aquello no tenía cura, hoy soy de ritual inestable. Busco en la irrealidad atemporal la habilidad para no tropezar con el mismo peldaño en este infinito vestido de escalera, acantilado del que saltamos ya ayer, lugares habituales donde la onírica requiere de una lobreguez que atenebre vuelo y anime un salto hacia delante que asegure distancias, raigambre de huida a la sombra del diablo.
En tus pensamientos mi desnudo es imperial, las prendas flotan por la habitación, mis músculos supuran miel de cultivos de pueblo y mis estambres se desplazan a la búsqueda de ángulos de vida donde proyectar el bosque que acabará por recorrer mi cuerpo, y el tuyo. Ahora que ya me estás mirando, echando raíces en mi colchón, te aviso que soy de intuición indefinida pero veloz, me adelanto en dirección contraria como un salmón. Y todavía habrá quien diga que estoy completamente loco, que, aunque soy hombre no grito, maúllo.