Corriente interior

65 x 80 cm

Pintura con dedos

Acrílico sobre lienzo, pasta de modelar, papel, spray

Me sitúo asiduamente ante los árboles que rodean mi casa y cierro los ojos, lo hago como parte de un ritual que me devuelva a la tierra y restaure mi corriente interior, buscando una conexión que es fina, casi inexistente, que ha sido borrada con una alevosía urbana que digitaliza sentimientos y nos desconvoca de los puntos de encuentro; los enlaces se han perdido, dice el olvido, confirmando distancias con orgullo. Y como siempre rastreo los puntos suspensivos en la arena que sujeta estos muros, me siento delante de Momo, un alcornoque de quince metros cuyo tronco, por poco, sujeta nuestra casa; envuelve ventanas y rodea tres de las cuatro paredes donde dormimos cada noche aquí, entre montañas que se fusionan con las nubes.

Bajo mi pensamiento se forma una espiral y su boca engulle reflexiones e ideas, atenúa recuerdos y me deshace del dolor que embriaga mi concepción del ser y estar allende mis lágrimas y preocupaciones, arrollando esta absurda necesidad de afanarme o intentar modificar y redefinir mis procesos a la búsqueda de felicidad y riqueza; soy mucho más que eso. El sonido de los árboles no es sólo el que produce el viento al mecer sus hojas, sus ramas, ni siquiera su crujir o el silbido y el rumor de sus frutos al caer, el chapotear de las gotas que arroja desde sus brozas al amanecer, la repercusión de las patas de un pájaro o el eco de la concavidad que se abre a sus pies. Momo tiene un sonido particular, una música delicada que surge de su abismo, etérea e intuitiva, exquisita, leve, sabia y convencida; no necesita respuestas, ni pretende ser escuchada. Mi espiral es roja y negra, sus paredes son fuertes, permanece en giro sutil que crepita noche y día, a lo largo de los años, desgarrando la realidad que nos han dado a los que creemos estar vivos, la lógica triste y la evidencia veloz y aburrida de redundar en lo mismo. Sus raíces coexisten con naranjos, olivos, castaños, almendros, granados, en perfecta sintonía. Yo, abrazado a él, envolviéndolo con mis piernas y pegando mi pecho en su cuerpo, recibo el mensaje y me redefino girando en mi interior hechizado por su voz.