65 x 82 cm
Para quienes me ofrecen cruzar su nervio óptico, aunque sea durante un intervalo breve, rutinario, hoy irradio ecos de intimidad desde mi escondite de silencio. Soy, entre tres montañas rocosas, vecino de un arroyo que, aunque seco hasta que regresa el llanto del cielo, pasa justo por debajo de la puerta de este refugio agrario que alberga animales recogidos del abandono y la desidia humana. Mi arte nace de árboles frutales, acaricia hierbas aromáticas y vuela con brisa de madreselva y jazmín para curarme los males. Una dama de noche danza tras el velo de una oscuridad que emana crepitar de lavanda y murmullo de rosales y enredaderas. Nuestra menuda pero hermosa casa construida hace más de un siglo lleva de bufanda eminencia de rocas agarradas a sus vastas paredes de piedra callada, resuena en los oídos, exhala protección a raudales, un cuidado de esencia misteriosa nos atrapa con una profunda pasión que otros creen inerte.
Hace unos días, tratando de arreglar otra vieja tubería que cedió al tiempo, en la suerte de la negrura, mientras me dejaba llevar por la mutismo de la noche y la placidez de la ausencia de pensamiento, en uno de esos momentos de mirada perdida y silencio de galería, vi un zorro que me observaba entre los matorrales. La profundidad de sus ojos bajo el derroche de la luna despertó un sentimiento que adormecido por la letanía de lo práctico y la razón, se avivó como el arroyo después de las última lluvias. El enigma matizó incógnita confidencial y el zorro dio un paso adelante, revelando su rostro, y parte de su cuerpo. A escasos centímetros de mi corazón, respiraciones en la noche.
Hacía demasiado tiempo que rompía con esta losa de cordura, detener el mundo relativo para sentir, ser yo, mío y nuestro, reconsiderar la perfección infinita de la bondad se hizo antojo, porque fue eso, una epifanía de ternura, un punto inflexión; la catarsis, para mí, fue un zorro rojo. Sólo veo belleza a mi alrededor. Hoy la felicidad de los demás me resulta contagiosa; un broche maestro, un incentivo.