54 x 65 cm
Nací sombra y hollín, afilado, apenas hojarasca, ni mala hierba, ni rama de mi propio árbol ni palo, un niño raro de color rosa. Después del crujir, pedazos, musgo de una roca ahogada en un río negro cuyas aguas, a contracorriente, susurraban la sinrazón que se hace lógica y que tiene que doler. Nadie se atrevió a dudar; diferente, dijo la voz que deja frío el corazón, otra cosa, añadió la gente.
Recorrí el laberinto de miradas dejando a un lado las preguntas cuyas respuesta es mejor no conocer, cargando circunstancias en busca de la boca del lobo allende las fronteras de la desaprobación, más allá de lo profano. Me fundí en negro entre las grietas del monte de los perdidos, rezando a la noche eterna, al silencio de la contradicción y al otro lado, rogando motivos para no fingir ser yo y, mientras tanto, aprender a volar, memorizar los mapas y ser amado.
Equivocarme me enseñó más que ningún castillo que haya levantado, y a pesar de la maldición de ego y la marca del lado oscuro, del abismo, soy un piélago en rojo y me expando enmascarando en la negrura de la voz humana que presagia el final si no estamos cortados por el mismo patrón; tengo lo que tú quieres.